domingo, 18 de octubre de 2015

Cuento sobre la responsabilidad y el cambio.

Existió una vez un rey de El País del Vino. El rey quería ser recordado como un monarca justo y generoso así que un día decidió abolir los impuestos. A cambio pediría a sus súbditos que una vez al año se acercaran a los jardines de palacio con una jarra de un litro del mejor vino de su cosecha y lo vaciaran en un gran tonel. Cuando llegó el momento, todos los ciudadanos se acercaron a la residencia del monarca a depositar la parte que les correspondía.
Al final del día el rey mandó a buscar una muestra del vino recogido. En su copa la bebida parecía no tener color ni olor. Tampoco sabor cuando la probó. Los alquimistas no dieron con el conjuro que había transformado el vino en agua, pero el más anciano de los ministros del gobierno se acercó y le dijo al oído:
-Nada de conjuro, majestad. Lo que ocurre, alteza, es que vuestros súbditos son humanos.
-No entiendo”, dijo el rey.
-Pensemos en un súbdito cualquiera- continuó el ministro-. Esta mañana cuando preparaba a la familia para bajar al pueblo se le paso una idea por la cabeza: ¿y si ponían agua en vez de vino? ¿Quién podría notar la diferencia? De hecho nadie hubiera notado una jarra de agua en 15.000 litros de vino. Salvo por un detalle: todos pensaron lo mismo.

¿Son los ciudadanos los culpables de su insolidaridad y escaqueo, o lo es el administrador o regente incapaz de crear las condiciones para que las personas se comporten como deben? La salida políticamente correcta de esta dualidad parece estar clara: concluimos que ambos son responsables de la situación y nos quedamos tan panchos.

En fin. La discusión retórica es sin duda un sano ejercicio intelectual, pero centrarnos de una forma “experimental” en las variables responsables de la situación puede ser mucho más fructífero: ¿qué propondrías hacer para que la gente quiera pagar impuestos, quiera poner su parte, se sienta y actúe de forma más solidaria? Sólo poniendo en práctica estas sugerencias podríamos saber hasta qué punto tienes razón. Me da la impresión de que casi todas las medidas posibles para un mundo mejor no tienen que ver con intentar cambiar directamente a las personas, sino con cambiar el sistema y la forma en que este reconoce y recompensa unos valores y comportamientos por encima de otros:¿de qué otra forma si no?

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